un voto en subasta

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Por: Hugo Castillo Mesino

El día amaneció más temprano que nunca, con rayos de sol relumbrantes irradiando vehículos y gentes en medio de ruidos y pitos, anunciando algo, haciendo despertar a Lopy envuelto en cartones y amparado bajo el estruendoso puente, habitado durante los días y noches que lo veían partir y llegar con la complicidad de la luna que alumbraba el anochecer de sus sueños. Lopy como de costumbre llegó a la esquina, vestido con su harapiento pantalón y camisa de agujeros que cubrían la mitad de su cuerpo, los pies descalzos que reposaban sobre el atormentado pavimento. Le preguntó al voceador de prensa:

“¿Qué está pasando en la ciudad?, ¿Por qué tanta gente?, los carros andan a toda velocidad”. El voceador le respondió: ¡Mira lo que dice ahí! o ¿acaso tú no sabes leer?”. Al ver el anuncio en el periódico que decía: “Jornada Electoral en Colombia”, su reacción, sin pensarlo dos veces, fue volver al puente y regresar con la mano en alto, tratando de despertar curiosidad y atención al señalar su máximo trofeo, la cédula de ciudadanía.  Se acercó al colegio contiguo y se preguntó quiénes podrían sacarlo de su angustia, al verlo semivestido y descalzo a cambio de su voto. Alguien se le acercó diciéndole al oído:

“Aquí no es la cosa. Esto es una zona de votación y la policía va a arremeter contra ti, quitándote la cédula y se pierde todo el negocio”. Lopy salió rumbo en busca del mejor postor, ante la subasta de su voto. Entonces arribó al primer comando político que encontró al estilo del momento, con los colores de siempre, azul de fondo, amarillo de riqueza, rojo de sangre y con la tercera letra del alfabeto en color blanco y, la respuesta en el comando político por parte del hombre de la mochila y la mujer del bolso ante la oferta del voto, para vestir y calzar mejor, fue: “No se puede hacer nada por ti, estamos llenos de historias merlaneadas y la vaina está jodida”. Lopy, ante la poca atención sobre el trofeo, desconsolado, se encaminó a andar siguiendo las orientaciones del portero, quien le señaló que avanzara varias cuadras y al llegar a la otra esquina se encontraría con un aviso luminoso en forma de U. Ahí llegó e hizo la misma oferta, descansando sus ojos sobre un aviso publicitario con colores a fondo de círculo rojo, amarillo, verde y blanco que lo dicen todo. Permaneció varias horas mientras la mañana cesaba y no había un alma comercial electoral que se le acercara, debido a su actitud de levantar el brazo con cédula en mano, señalando su valor en especies: camisa, pantalón y calzado. Su rostro de aflicción daba ganas de llorar por no encontrar el postor que pagara el precio del voto de hambre y miseria de Lopy. La ciudad al parecer simulaba romper su ranking en la compra y venta de votos, lo que hacía difícil la oferta del trofeo de Lopy, su cédula de ciudadanía, como instrumento de cambio, elevado a la desgracia humana, rodando en calles y carreras. Cuando el descarriado social seguía deambulando, se acercó por su espíritu liberal a una casona embadurnada de rojo con la doceava letra del alfabeto significando las viejas glorias, hoy teñidas y untadas por la vieja práctica del trasteo y el desgastado trapo rojo. Al fin y al cabo, la ciudad empezaba a cambiar, al igual que la ley de la oferta y la demanda o por el alto valor del trofeo, al no encontrar respuesta en los lugares de siempre, ahora silenciosos, con el ruido subterráneo de los papeles moneda e imágenes del nobel y padres de la patria. ¿Será que Lopy es un hombre sin suerte o los mercenarios electoreros simulan ante la desidia y el abandono de quienes vieron en el día de elecciones la solución de su vida, así sea por un día? Muy a pesar del cambio y la radicalidad de Lopy, observó el penúltimo comando con código de barra donde se asentaba la tercera letra del alfabeto y su décima novena, acordándose de su admiración por los juegos y olimpiadas. Se acercó a un supermercado pensando en la posibilidad del intercambio de su trofeo por un bono de compra, encontrando que todos los artículos estaban por las nubes y su desabrigado cuerpo y el desnudo de sus pies se ahogarían por siempre ante su insignificante y desapercibida cédula. La opción de Lopy fue buscar y buscar respuesta en uno de los comandos políticos con “espíritu democrático” en el centro de la ciudad, donde se observaba un cuadro inmenso con figura humana y sentimientos de color rojo y una mano amiga, atravesado por franjas azul y rojo con amarillo. Ante la llegada de Lopy se asomó el portero y sin mediar palabras le dijo: “Te voy a dar en la cara, marica; el palo no está pa’ cuchara”. 

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